Julio de Pablo nació en Revilla de Camargo (Cantabria) en julio de 1917 y, dos años más tarde su familia se traslada a Santander. Mientras trabajaba como pintor industrial, cursó estudios de Pintura y Modelado en la Escuela de Artes y Oficios de Santander.

El peso de la sólida trayectoria artística del pintor se debe a su formación autodidacta, siempre a la búsqueda de un lenguaje plástico propio, y a un esfuerzo personal inagotable.

En 1942 se casa y emigra a Alemania, con la necesidad de encontrar una buena oportunidad de trabajo. Allí trabajó como rotulista durante un año largo hasta que el ambiente bélico le devolvió a su tierra. En 1946 entró en contacto con el paisajista montañés Agustín Riancho de quien, como él ha manifestado en numerosas ocasiones admiraba la técnica suelta y libre y los originales efectos cromáticos.

En 1947 realiza su primera exposición en el Ateneo de Santander. Los 27 paisajes que presenta son una propuesta pictórica que imita a la naturaleza interior llena de fantasía. Verdes y amarillos, salpicados con grises argentados para hacer su propia interpretación naturalista.

A partir de esos contactos con los paisajistas montañeses Julio de Pablo ha ido evolucionando en fases sucesivas y el paisaje se inventa, creando tierras, mares y cielos imaginarios desde el recuerdo.

Como dejo dicho uno de sus amigos poetas José Hierro, hace muchos años Julio de Pablo “se atenía al aspecto epidérmico de las cosas” , hasta no pintar las cosas, “sino su recuerdo, su emoción”.

Y es que la renovación propuesta por los movimientos artísticos de los 50 (El Paso, Equipo 57), el Congreso de 1953 de arte abstracto celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, el contacto con representantes de la Escuela de Madrid, marcaron esa renovación plástica en el autor.

El pintor figurativo de la posguerra se interesa por las técnicas del impresionismo tardío de Van Gogh y Cézanne, y sus pinceladas se vuelven más sueltas: la realidad se nos presenta de una forma misteriosa apenas descriptiva.

En 1958 el Museo de Bellas Artes de Santander adquiere el cuadro titulado “Cielos sombríos” y en ese mismo año, después de exitosas exposiciones en las galerías Dintel y Sala Sur de Santander, su obra sale de esta capital por primera vez. Viaja a París y a Italia y sigue exponiendo en Barcelona, Madrid, Zaragoza, Valladolid y Bilbao. Es seleccionado en 1963 para el II Certamen Nacional de Artes Plásticas de Madrid y en 1964 en el “VII salón de Mayo” de la sala municipal de Barcelona.

Sin romper con la figuración totalmente, el pintor deja en ese paisaje alejado de la realidad, unas sombras que nos sugieren recuerdos del natural. En la década de los 60 su pintura nos traslada de la tierra al mar, donde encuentra numerosas posibilidades representativas. El movimiento del mar, la luz que se descompone entre la espuma de las olas y, el horizonte, que ocupa una línea se nos hace lejano. El gris del cielo y el mar tan presentes en la bahía de Santander irrumpen en los cuadros para pertenecer más de una década.

La exposición de Londres de 1965 recoge los cambios vividos en el pintor desde su trabajo en el aislamiento. El efecto final del gris, en combinación con el blanco, es de una tristeza desoladora y, para compensar la melancolía que produce, el pintor sitúa en amplios horizontes curvados la esperanza: hay vida en esas rayas blancas o negras que nos recuerdan casas, aldeas lejanas, barcos. Su pintura gira siempre en torno al paisaje y la naturaleza.

De vuelta a España, se suceden exposiciones en Valladolid, Valencia, Alicante, Salamanca y siempre, alternando Madrid con su tierra. La cronología de su obra es difícil de concretar porque no suele fechar sus obras, sin embargo, es identificable al contemplar la evolución temática de sus trabajos. Julio encuentra su propio camino acercándose a la abstracción (aunque sin abandonar del todo la figuración).

Dentro de la sobriedad cromática con que plasma sus paisajes interiores, el gris sigue siendo el color representativo durante largo tiempo. Y aparecen formas inéditas con discos centrales negros, con manchas rojas o amarillas, rodeadas de un ambiente gris y blanco. Ahora los elementos marineros son escasos y aparecen sugeridos puntualmente, alrededor de círculos centrífugos que recuerdan formaciones cósmicas. Formaciones estelares (colores primarios) y cosmos circundantes (colores fríos, gris y blanco) junto con la textura rugosa originada directamente por los tubos de pasta, nos lleva a visualizar el límite de la realidad con la invención.

Antonio Martínez Cerezo, en su “Diccionario de Pintores Españoles, II mitad del siglo XX”, dice acerca del pintor que “él no necesita el dibujo para expresarse, porque él –he aquí su deslumbrante hallazgo- dibuja con el pincel, con el trazo, con el color, con los dedos” .

En la década de los 80, desaparece el horizonte y el lienzo es ocupado por esas monumentales formas abstractas: astros, ojos, mejillones, caracolas son los protagonistas. Gerardo Diego, otro de sus amigos poetas, lo anticipa en el catálogo que escribe para la exposición “Julio de Pablo. Homenaje a Gerardo Diego” como fase armilar: “No se ve, no se nota el armazón, las combas y las coordenadas de sus círculos y elipses secantes. Pero están latiendo, palpitando, calentándose y calentándonos con los juegos milagrosos de sus traslados y rotaciones... En la superficie se logran volúmenes y en la clama cuajada bullen vuelos siderales, A veces, como en el Greco, el cuadro se reparte en dos mapas superpuestos: el mundo pleamar y el paraíso sublimado en donde han estado o estarán ángeles y bienaventurados”.

En 1981 y 1982, expone en Francia, en el Museo Cognac y en el Centro Cultural de la Casa de Goya, Burdeos, respectivamente (diez años más tarde repetirá con nuevas obras). Su participación en el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria (1984) muestra una colección de numerosos guaches del pintor. Mención especial merecen también sus cerámicas que reflejan esa evolución hacia la desnudez de sus obras, que se van despojando de lo accesorio.

Al acercarse al siglo XXI la exaltación de los colores primarios se hace imparable, adoptando una simbología muy familiar al espectador contemporáneo como es la de la iconografía publicitaria. El formato de cartel de los cuatro lienzos verticales de 1983, “Las Cuatro Estaciones”, ya lo anticiparon. El trazo es vertiginoso y se subraya apoyándose en la intensidad del empaste directo. Trazo y color: colores vibrantes, rojos y amarillos, contrastados con el negro.

Además de sus imponentes versiones de animales y veleros, se añaden despertadores, figuras y “figuritas” humanas (canenes). Se convierten en simples objetos y criaturas “monumentalizadas” por el recuerdo más “infantil” que, en tanto en cuanto primitivo, nos recuerda la belleza que nos ofrece el universo.